Saber-hacer con el otro, La Rara Troupe o la potencia de la anomalía. Alfredo Aracil

 

“…nos intoxicamos de familiarismo, nos anestesiamos frente
a toda sensación del mundo, nos endurecemos.
En el otro extremo -cuando no conseguimos resistir a la desterritorialización
y, zambullidos en su movimiento, nos convertimos en pura intensidad,
en pura emoción del mundo- nos acecha otro peligro.
La fascinación que la desterritorialización ejerce sobre nosotros puede ser fatal:
en lugar de vivirla como una dimensión
imprescindible en la creación de territorios,
la tomamos como una finalidad en sí misma.
Y completamente desprovistos de territorios nos
fragilizamos hasta deshacernos irremediablemente”.
Suely Rolnik: ¿Una nueva suavidad?

  

“Lo intempestivo, sin embargo, insiste contra su neutralización.
Insiste por la sencilla razón de que la vida, justamente por ser vida,
debe cargar con su propia ambivalencia.
El verdadero desafío no consiste en arrancarle esta fuerza oscura,
sino al contrario, en intentar cabalgarla”.
Santiago López Petit: Anomalías intempestivas.

 

Introducción: la fragilidad del ahora

                 

                  Maltratar a los tratados parece ser, a primera vista, el lema de la sociedad medicalizada que transitamos. Aunque poco importa ya quién está enfermo o de qué naturaleza son los fenómenos que producen (o condicionan) el malestar que vivimos. Frente a los niveles imperantes de precariedad personal y laboral, falta de empatía, ausencia de solidaridades, incomunicación, desigualdad y otras violencias sistemáticas no es insólito sufrir ansiedad, depresión, estrés o pánico. El conjunto del cuerpo social, una vez transformado en cuerpo laboral, está cada vez más hostigado por la sombra de lo psicopatológico; a saber, una modelización de naturaleza política y no biológica, fruto de ciertas demandas de gobierno orientadas al control del espacio social que conllevan, de facto, la exclusión de cualquier derecho a la diferencia. El poder se afana en combatir por medio de terapias y fármacos aquellos cuerpos que cuestionan lo normal y lo deseable. O mejor, se afana en plegarlos a un paradigma económico, el neoliberal, que extrapola la lógica de lo productivo a todas las actividades de la vida humana, sin distinguir entre tiempo de trabajo y de ocio, haciendo de las formas de vida, la información, la subjetividad y la disponibilidad una fuente de riqueza para una élite. En definitiva, gobierno efectivo y afectivo que, gracias a una batería de cuestiones como “personalidad”, “habilidades”, “autoestima” o “inteligencia emocional”, se ha extendido por toda la cultura popular, haciendo que “cada vez más problemas básicos de la cotidianidad encuentren una mediación irrenunciable en el demonio técnico psicológico[1]”.

 

                  Tras los manicomios proyectados como cárceles, las sociedades de control actuales han diseñado camisas de fuerza químicas y exclusiones cada vez más sofisticadas que han remplazado a las viejas herramientas disciplinarias. Al igual que en el siglo XVIII, cuando se decreta El gran encierro, la premisa sigue siendo evitar cualquier atisbo de disidencia interior. Aunque actualmente, en el ocaso de la psiquiatría como institución represora -en verdad encargada de destruir al sujeto otro-, se ha extendido un cierto goce de la subordinación que varios autores distinguen en nuestra manera de temer cualquier principio de crisis. Por un lado, miedo a la falta de sentido, al vacío de poder y a la ausencia de gobierno. Y por otro lado, su remedio: tratamientos, terapias y ejercicios en que lo normativo es resultado de una psicoterapia que toma forma en una serie de procesos auto-realización y promoción de uno mismo, en un marco de desarrollo económico personal que es, también, sanitario. De esta forma, la razón neoliberal, más que una cuestión teórica, y más que una cuestión de prohibiciones o normativas, constituye una invitación a vivir en el seno de un determinado régimen de experiencia y sociabilidad: una sensibilidad fascinada por la auto-gestión, la auto-disciplina y la eficacia, donde la esfera del cálculo racional trata como mercancía aquello que no pensábamos que podría ser tratado de esa forma. Entonces, cuando ser normal se impone como el único modelo y cualquier diferencia que frena el ritmo de producción es considerada una enfermedad, es cuando un proyecto como La Rara Troupe, que cuestiona lo que entendemos por normalidad y reivindica el potencial intempestivo de lo anómalo, constituye no una crítica o un comentario irónico sino una verdadera traición al sistema que vivimos, una revolución en ciernes que ya no pasa por la toma del poder, lugar de tristeza eterna.

 

Por una teoría situada del afecto

 

                  Sorprende, al acercarse por primera vez a la práctica de La Rara Troupe, de qué manera el colectivo esquiva temas que directamente tienen que ver con la salud mental y sus procedimientos médicos. Así, en lugar de hacer hincapié en aquello que a priori parece vincularlos -la supuesta condición enferma de sus integrantes o un diagnóstico compartido- los debates, talleres y producciones artísticas que plantean articulan otras nociones, menos abstractas y más comunes, que interpelan tanto a los integrantes del colectivo como a aquellos que puntualmente colaboran con ellos. Nociones, decíamos, situadas en la experiencia cotidiana que, al mismo tiempo que construyen un retrato comunitario, cuestionan el trastorno mental en tanto que consecuencia directa de un supuesto desarreglo neurológico o químico. De lo médico y sus avales positivistas, de la biopolítica y la estatalización de la vida, al trabajo político de tomar decisiones desde la diferencia, negociando cada gesto, dilatando la necesidad de acuerdo y haciendo, en definitiva, de lo personal un conflicto político que salpica los diversos espacios que el colectivo ha venido poblando. Museos, centros de arte y otros lugares públicos donde La Rara adopta la lógica del agenciamiento como modo de hacer: esto es, tejer una serie de alianzas entre sujetos, saberes y prácticas, siempre múltiples y heterogéneas, en un desorden productivo que pone en suspenso las posiciones, jerarquías y rituales del doctor y del enfermo.

 

                  Así, la lógica de inclusión que protagoniza la mayor parte de clínicas y terapias para enfermos mentales se revela como una práctica victimizante dirigida a desarmar el saber-hacer del otro. Esto es, su potencia de crisis, su capacidad estratégica para expresar de qué forma las contingencias sociales conllevan la aparición del síntoma. De manera que lo que parece una cuestión exclusivamente científica se proyecta sobre otro plano más general pero no por ello abstracto.  Saber-hacer como el espacio de resistencia donde lo raro, lo distinto, lo rechazado o lo reprimido son puestos en valor en tanto que estrategias políticas y técnicas de sociabilidad otra: una lógica diferente, algunos dirían enferma, que pone en suspenso la serie de violencias socio-económicas que nos angustian. La crisis como una oportunidad de pensar y vivir de otra manera. Una subjetividad disidente que, lejos de percepciones estereotipadas y clichés, es producida desde la inmanencia de una imagen propia.

 

                  Ahora bien, ¿cómo funciona ese proceso de singularización capaz de volver común aquello que por igual nos afecta? Sin lugar a dudas, trabajar de manera colectiva, a contrapelo de la tradición autoral, es ya una manera de cuestionar lo limitado del yo cartesiano, así como el proceso histórico de su construcción. Sobre todo en un campo de acción que, mitologías mediante, ha construido una forma de sujeto auto-consciente y omnipotente: la obra de arte como una emanación de la personalidad. Conflicto de corte narcisista que, en cierto sentido, continua la tradición posmoderna con aquel mantra de hacer de la vida una obra y de la obra una vida. Mandato que ha terminado funcionando como una obligación y no como una cuestión de apertura al mundo: que toda producción artística sea elevada, de igual forma que cada gesto autoral ha de ser trascendental y definitivo. Algo que La Rara Troupe ciertamente ignora, poniendo su mirada en detalles y motivos de la vida íntima que, por intrascendentes y cotidianos, la tradición artística suele dejar a un lado. Con la cámara al hombro, o temblorosa en la mano, sin trípode ni puesta en escena, se trata de producir imágenes y sonidos singulares, por uno mismo. Narrativas que, trascendiendo los limites del yo, también den cuenta del otro. Una manera de interrogar-se y, hombro con hombro, cuestionar los marcos de una realidad cada vez más estrecha. Nada que ver, por cierto, con la estética relacional de los años noventa, ya que el trabajo de La Rara intenta componer relaciones no sólo estéticas sino de tiempo y espacio por medio de un proceso de cuidarse mutuamente y de aprender los unos de los otros. Si bien, según Diego Stuzwak, a veces los procesos de subjetivación no pasan de significar una forma elegante de personalización, el caso de La Rara Troupe constituye un ejemplo de cómo trascender el sujeto, dibujando una imaginación conjuntiva a partir de desplazamientos tentaculares donde el yo, situado en el plano de lo común, es siempre otro.

 

                  En cuanto a lo que se ha venido denominando ética de los cuidados, en lugar de hipótesis y objetos de estudio preliminares, la práctica de La Rara Troupe privilegia el proceso al resultado. Una operación que convoca influencias heterogéneas, del arte experimental a la política radical y la anti-psiquiatría, poniendo sobre la mesa herramientas afectivas para el cuidado de las relaciones y la vida propia. Del lado de un tipo de pedagogía que hace virtud del “no-saber”, su búsqueda se enmarca en la relación horizontal, entre una acción y una imagen nueva, tanteando distintas formas de organizar-se, así como proponiendo cruces continuos; un manera de sensibilizar que es cambio, transición, pasaje…. En definitiva, que está atravesado por una potencia que Spinoza llamaba alegría. En un texto que ya tiene más de diez años, el Colectivo Situaciones reflexionaba sobre el quehacer de la investigación militante, un saber-hacer que presenta algunas similitudes con el trabajo de La Rara: “En el amor, en la amistad… no hay objetualidad ni instrumentalismo. Nadie se preserva de lo que puede el vínculo, ni sale de allí incontaminado. No se alimenta el amor ni la amistad de manera inocente: todos salimos reconstituidos de ellos. Esas potencias -el amor, la amistad y la alegría- tienen el poder de constituir, calificar y rehacer a los sujetos a los que atrapa[2]”.

 

¿Una práctica artística capaz de sanar en un sentido no-médico? ¿Curar? ¿A quién? ¿Por qué?

 

                  ¿Podríamos, de alguna forma, pensar el trabajo artístico de La Rara como una práctica transformadora capaz de, más allá de los parámetros médicos, sanar en un sentido político? ¿Qué significaría curar en ese sentido? ¿Es posible (y deseable) una terapia política? Como señala Santiago López Petit, “la política es la actividad que, en principio, sirve para organizar la sociedad. La terapia, a su vez, es una práctica que tiene que ver con la curación de alguna enfermedad. Pero cuando decimos “política y terapia” todo se complica. Por un lado, este acercamiento constata que el poder se hace terapéutico por cuanto nos impone tener una vida. Vivir, entonces, se convierte en cargar con una vida que tenemos que gestionar y que convertir en proyecto. En definitiva, vivir es estar condenados a trabajar la propia vida. Por otro lado, este acercamiento muestra también que si toda politización es un proceso de auto-transformación que nos hace más libres, en ella necesariamente existe algo de terapéutico. Lo que no es de extrañar, ya que politizarse implica un ser afectado[3]”. 

 

                  Y sin embargo, hemos visto como La Rara Troupe no se reconoce como un colectivo de enfermos que llevan a cabo un tipo de terapia artística, sino como un colectivo de artistas que buscan producir una imagen propia y diferente (eco, por cierto, de las luchas que, desde 2011, vienen preguntándose por la manera de trascender la idea de representación). Reconocerse en esa categoría, no en vano, sería una manera de darle la razón a aquellos que piensan que frente a la locura y los trastornos psíquicos no cabe más que tratar y curar, es decir, normalizar; a aquellos que se emplean en mantenernos con el mínimo de vida para seguir trabajando, incluso cuando no lo estamos haciendo. Lo que La Rara Troupe puede, en cambio, pasa por su forma de poner en relieve la vulnerabilidad que todas sentimos en algún momento, y en cómo frente al malestar no queda más que combatir con la misma vida. Poner el cuerpo, que dicen colectivos feministas como Ni una menos. O politizar la existencia, que no es coquetear con una pulsión de muerte de naturaleza romántica, ni estar obsesionado con los poderes de la noche y lo oscuro. Entonces, podríamos pensar en una forma de curación que, a diferencia de la que propone el bio-poder, no signifique disciplinar o corregir, sino hacer posible la composición de relaciones distintas, la producción de afecto.  

 

                  Territorialización y desterritorialización, señala Sueley Rolnik, son las dos caras de una misma moneda. Dinámicas complementarias que conforman nuestra manera de sentir, percibir y estar en el mundo, a veces, de forma ambivalente. La razón de la locura. La locura de la razón. Una distancia que se anda y se desanda. Por un lado se trata de hacer territorio, agregar-se, echar raíces y habitar lugares estables, hogares. Que es lo que, a lo largo del tiempo, ha habilitado La Rara Troupe para abrigar sus encuentros y asambleas generales. Y por otro se trata de vivir la desagregación y el movimiento incesante que propone el ejercicio de desterritorialización como un mal necesario, una fuerza de choque, una plasticidad incluso delirante que es capaz de echar por tierra certezas, desarrollando un sentido crítico y un asombro frente a lo intempestivo y lo contingente del estar vivos. En cierto sentido, podríamos decir que las imágenes y sonidos que produce La Rara Troupe en sus vídeos y trabajos sonoros están encaminados a producir imágenes propias que, desplazadas del sentimentalismo pueril que suele confirmar la imagen de ese otro que la sociedad llama excluido, producen un territorio propio, una casa donde reconocerse. No tanto la certeza de lo que habría que hacer como la cuestión de cómo lo hacemos. En verdad, un territorio inestable, una casa-móvil, una máquina que no deja de moverse. Como cuando los miembros del colectivo son invitados a montar las películas que, a retales, han ido construyendo, cada uno con su cámara. Es una poética de lo epistolar, pero expandida, encarnada: un mosaico donde las cartas son escritas en paralelo con una multitud de manos que sostiene un único bolígrafo.  

 

[1]     Rodríguez, Roberto: Contra- psicología. Dado Ediciones, Madrid, 2016, Pg 6.

[2]     Colectivo situaciones: Por una investigación militante. http://eipcp.net/transversal/0406/colectivosituaciones/es

[3]     López Petit, Santiago. Anomalías intempestivas. En Contra- psicología. Dado Ediciones, Madrid, 2016, Pag 437.

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Alfredo Aracil ha sido Responsable de Proyectos en LABoral Centro de Arte y Creación Industrial. Ha comisariado distintas exposiciones, ciclos de actividades y seminarios en galerías e instituciones como el Reina Sofía, el Colegio de Arquitectos de Madrid o Conde Duque, así como festivales de música o de cine como Villamauela o el Festival Internacional de Cine de Gijón. Ha sido redactor de la revista Experimenta y colaborador habitual de publicaciones como Nosotros, Tendencias, LUMIÈRE, Atlántica XII, El Estado Mental, etc. Profesor invitado en el Curso de comisariado del Iart de Madrid y en la Facultad de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo. En la actualidad desarrolla su tesis doctoral sobre la transformación de la asistencia psiquiátrica en la España de finales de los años sesenta a través de diversos documentos audiovisuales.

Ha comisariado en 2017 el proyecto expositivo Apuntes para una psiquiatría destructiva para la sala Arte Joven en Madrid, en el que participó La Rara Troupe.